Desperté una noche, acostada
dentro de una especie de caja de madera que olía a polvo y cerrado, oía una
muchedumbre lejana, pero solo veía oscuridad, apoyé los brazos sobre la tabla
que tenía delante, y empujé, la tabla no cedió y lo hice de nuevo con mas fuerza, entonces se abrió hacia un
lado, la claridad, aunque tenue me deslumbro levemente, me senté y me vi
vestida de blanco, con un rosario sobre mi vientre y flores secas sobre mis
piernas, no entendía nada.
¿Dónde estaba? Miré la estancia
a mi alrededor, era de piedra gris fría, y habían flores secas alrededor de
unos murales de mármol grabados con nombres y fechas…
-Espera…- me dije- eso son nichos, y esto es….un ataúd!-
Salté inmediatamente de esa
caja horrible, sacudiéndome las flores secas que se habían pegado al vestido de
lino blanco que me habían puesto, también tenía el pelo recogido, con una
corona de flores secas, asi que me sacudí también la cabeza, cayendo las hojas
y flores, me solté el pelo y sentí como algo caminaba por mi mano, al mirar mi
mano vi una enorme araña, pegué un grito y la sacudí, dando un salto hacia
atrás.
-sshh- oí dentro de la
estancia, pero no logré ver a nadie – vas a llamar la atención de los humanos,
además hoy parece que hay un entierro por el jaleo de ahí afuera…
No podía dejar de buscar al
hombre que me estaba hablando, miré por todos lados pero solo había cuatro paredes muy altas y ningún sitio para esconderse.
-jejeje- rió la voz- aquí
arriba preciosa, en el techo-
Desconcertada miré hacia
arriba, el techo era una cúpula de piedra negra, oscura y lángida, se podía
entrever algunas figuras de Ángeles armados en las esquinas, y de detrás de una
de ellas, encontré un rostro puntiagudo, con la barbilla y la nariz prominente,
las orejas grandes y los ojos saltones de color negro azabache, con una amplia
sonrisa que dejaba ver una colección de dientes inmaculados con los incisivos superiores
más puntiagudos de lo normal, era realmente escuálido y feo, parecía uno de los villanos que relatan en los cuentos.
-¿Cómo has subido ahí? Y ¿Quién eres?- le espeté.
-¿Cómo has subido ahí? Y ¿Quién eres?- le espeté.
Se oyó un sonido de tela gruesa
moviéndose al viento, y ya no estaba ahí, abrí mucho los ojos y sentí como me
tocaban el hombro. Me giré bruscamente y ahí lo vi, detrás de mi, encorvado hacia
delante mirándome fijamente con sus ojos negros y su sonrisa tenebrosa. Me hice
hacia atrás mientras él avanzaba hacia mi.
-Mi nombre es Rémora- dijo,
haciendo una clásica reverencia- soy tu Anya…
-Perdona… ¿mi qué?- pregunté
extrañada
-Oh No, discúlpame tu por no
explicarme, he sido un maleducado- repitió la reverencia- soy tu iniciador, también suelen llamarlo maestro o protector pero a mi esos términos me suenan demasiado serios, jajaja- rió entre dientes con el siseo de una serpiente,
yo cada vez entendía menos de lo que hablaba- te rescaté de la muerte, te
habían dejado con un hilo de vida y te iban a tirar al mar, y entonces yo…
-¿Cómo que me rescataste de la
muerte?- le interrumpí nerviosa – ¿de qué estás hablando? ¿Me has secuestrado?
Si esto es una broma no tiene ni pizca de gracia.
-Pequeña…no se trata de ninguna
broma, ahora formas parte de los Eternos, eres... una hija de la noche, un... vampiro…-
Se hizo el silencio mientras
ambos nos mirábamos fijamente
-Me voy de aquí, estás loco –le
dije mientras me giraba hacia la puerta.
-¡Quieta no abras la puerta,
todavía no ha anochecido! –gritó
Me giré para reirme de su
advertencia pero ya no estaba, al volverme de frente lo vi interponiéndose sobre
la puerta.
-Escúchame, estás muerta, no
estás viva, escucha tu corazón, verás que no late, o escucha tu respiración,
solo la usas cuando vas a hablar-
-Déjate de decir tonterías…-inconscientemente
me centré en mi pecho, buscando el latido, para confirmar que esto se trataba
boberías dignas de un loco, pero, algo extraño sucedía, bueno, mejor dicho,
algo extraño no sucedia, no sentía el latido de mi corazón, asi que llevé las
manos a mi pecho, seguí sin sentirlo, tomé el pulso en mis muñecas, y en mi
cuello, pero nada ocurría. No podía creer lo que me estaba pasando.
-Vale…¿me crees ahora? – dijo Rémora
relajándose y apartándose de la puerta – ahora tienes que empezar a
acostumbrarte a esta nueva vida, ven, siéntate conmigo, voy a explicarte unas
cosas básicas… -dijo mientras cerraba la tapa del ataúd y se sentaba encima.- siéntate a mi lado y escucha atentamente...
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